
La visita al Urriello exige accesorios de nombres peculiares: Expresses, pies de gato, ochos, gri-gri, fisureros, empotradores. Hará bien el interesado en aprender la jerga propia del lugar. El viajero que la recorra no debe olvidar el casco, el arnés, la cuerda. Ni la valentía o la ilusión. Ni, sobre todo, la compañía generosa, el buen humor, y la alegría. Porque a mitad de la visita, al llegar a la azotea, siempre hay celebraciones y algo de espacio para el reposo. Y unas vistas infinitas a un océano detrás de un mar de nubes. A un cielo azul recortado de picos y montañas calizas.
Hay ciudades verticales que se construyen con cuerdas y tesón, con cada paso. Con la mente. Con esfuerzo. Y sobre todo con amigos.