La capital de Castilla, usurpadora del trono leonés, surge en medio de un llano inmenso e inhóspito. Se encierra y retuerce sobre sí misma, y en su centro se abre una plaza enorme, descomunal, de corte moderno, a pocos minutos de la Edad Media y los bares.
Hay un parque decimonónico y descuidado con pavos reales, palomas, ardillas y fuentes. Gente que se protege del frío azul del invierno de la meseta lo recorre.
Poco más se puede decir de una ciudad viva, pero insulsa, con ínfulas, pero sin aire.
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